Pasillo tres, frente a las conservas y los fideos: una mujer sostiene dos paquetes de marcas distintas, compara etiquetas y calcula mentalmente con el celular en la otra mano. En el fondo, no está eligiendo qué comer; está administrando la resignación de ver cómo el sueldo se diluye antes de llegar a la línea de cajas. La escena es el testimonio de la coyuntura: mientras las pizarras macroeconómicas intentan mostrar una recuperación que no arranca, la calle siente el rigor de una economía estancada y de unos precios que, según en qué rincón del mapa se viva, abren panoramas diferentes.

Esa postal cotidiana acaba de encontrar su correlato técnico en el último informe de indicadores de coyuntura de la Escuela de Negocios de la Universidad de San Andrés (Udesa). El documento aporta una foto tanto del bolsillo como del nivel de actividad: en el interior del país no sólo cuesta llenar el carrito del supermercado, sino que el costo de vida varía según la geografía, en un escenario donde el parate productivo vuelve a asomar la cabeza.

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El primer dato del trabajo universitario pone la lupa sobre el consumo masivo y confirma que no hay una uniformidad territorial en cuanto a los valores de productos de consumo. A través de un análisis del Sistema Estadístico de Precios Argentinos (SEPA), la Udesa expone que la cuenta del súper no es la misma a lo largo y  ancho del país. La Patagonia se consolida como la región más cara de la Argentina, con precios que se ubican un 5,7% por encima del promedio nacional. En el otro extremo, el Noroeste Argentino (NOA) se posiciona como la zona con los valores más bajos en góndola, marcando un 2,7% por debajo de la media. Entre el sur austral y el norte profundo se abre una brecha regional de 8,4 puntos porcentuales. En el medio quedan la región Centro (+0,9%), Cuyo (-0,8%), el Noreste (-1,5%), la Ciudad de Buenos Aires (-1,9%) y el Gran Buenos Aires (-2,5%).

El informe describe lo que denomina "la paradoja patagónica": las familias del sur pagan hasta un 21% más por todo aquello que debe recorrer miles de kilómetros en camión -como frutas, lácteos y artículos de limpieza-, pero abonan un 27% menos por el pescado que sale de su propio litoral marítimo. A su vez, los especialistas advierten que la brecha de precios entre regiones no cede, sino que viene en aumento sostenido, empujada fundamentalmente por los productos básicos de almacén.

A esta desigualdad territorial se suma la odisea diaria de caminar y comparar entre cadenas de supermercados. Aunque la dispersión general de precios entre comercios cayó casi un 25% interanual, mostrando góndolas más homogéneas en productos envasados, la verdadera trampa para el consumidor reside en los productos frescos. En frutas, verduras y pescados la dispersión llega al 7,7%, más del doble que en categorías industriales como panificados (3,8%), lácteos (3,6%), limpieza (3,6%) y bebidas (3,5%). En el rubro de higiene y perfumería, la diferencia entre una góndola y otra promedia el 4,5%. Dicho en criollo: el margen para buscar precios sobrevive casi con exclusividad en los perecederos, donde el bolsillo todavía puede rascar alguna diferencia si se tiene el tiempo y la paciencia para caminar.

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Luces amarillas en la actividad económica

Esta presión constante en las góndolas coincide con un cuadro macroeconómico que volvió a encender luces amarillas. El indicador Nowcast de PBI de la Udesa proyecta para el segundo trimestre de 2026 una contracción de la economía del 0,78% desestacionalizado. El dato borra de un plumazo el tímido repunte con el que había arrancado el año (0,75% en el primer trimestre, según el Indec). Pero además, el cálculo privado más que duplica el pesimismo del mercado, considerando que el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central pronosticaba una caída de apenas 0,36%.

Detrás de este enfriamiento económico se combinan variables sensibles que pegan de lleno en el tejido social: el desplome del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), la caída de la producción industrial reflejada en el Indicador de Producción Industrial (IPI) y un freno evidente en la generación de empleo registrado que mide la Encuesta de Indicadores Laborales (EIL).

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Para completar el cóctel, la tranquilidad financiera de las últimas semanas parece haber entrado en un paréntesis. El índice de Incertidumbre en Política Económica (EPU) que elabora la casa de estudios registró en agosto un salto del 47,2% respecto de julio, ubicándose en 130 puntos y quebrando la relativa calma invernal.

Los números de la macroeconomía confirman lo que el laburante asume cada vez que llega a la caja registradora: que la reactivación no derrama, que el costo de vida castiga con desigualdades geográficas y que la economía argentina sigue debatiéndose entre la parálisis productiva y la pérdida cotidiana del poder adquisitivo.